La violencia contra las mujeres en el trabajo no es solo un problema ético o legal: es un riesgo estratégico que impacta salud mental, productividad, rotación, clima y reputación de la empresa. La evidencia reciente muestra que prevenirla exige pasar de respuestas reactivas (atender casos) a un enfoque integral que transforme políticas, cultura y prácticas cotidianas.

¿Qué es la violencia contra las mujeres en el trabajo?

Los estándares internacionales, como el Convenio 190 de la OIT, definen la violencia y el acoso en el mundo del trabajo como comportamientos que pueden causar daño físico, psicológico, sexual o económico. Hablamos de agresiones físicas, amenazas, acoso sexual, insinuaciones no deseadas, comentarios sexistas, humillaciones, gritos, aislamiento, discriminación y bullying reiterado.

El lugar de trabajo hoy incluye oficinas, teletrabajo, plataformas digitales, viajes, traslados y eventos corporativos. Una revisión global con enfoque de género halló que en casi dos tercios de los estudios las mujeres reportan más violencia no física (verbal, psicológica y sexual) que los hombres, especialmente en servicios y salud. Esto se asocia con mayor ansiedad, depresión, burnout y deseos de dejar la organización.

Dónde se concentra el riesgo

La investigación identifica tres niveles de riesgo: individual, organizacional y estructural.

1. Factores individuales y de posición

Las mujeres jóvenes, con poca antigüedad, en puestos de menor poder o con contratos precarios tienen mayor probabilidad de sufrir acoso sexual, bullying y violencia psicológica. Además, suelen enfrentar más barreras para denunciar por miedo a perder el empleo o frenar su carrera.

El riesgo aumenta cuando confluyen otros factores como ser migrante, racializada o tener discapacidad se asocia con mayores niveles de violencia y menor protección institucional.

2. Factores organizacionales

Las condiciones de organización del trabajo son determinantes. Entre los factores de riesgo más frecuentes están:

  • Sobrecarga de trabajo, falta de personal y alta presión de clientes o usuarios.
  • Turnos nocturnos, espacios aislados y atención directa a público en situaciones de estrés.
  • Cultura que normaliza el maltrato y minimiza el acoso sexual.
  • Ausencia de protocolos claros y canales de denuncia confiables.

En diversos estudios, entre 50% y 80% de las trabajadoras que sufren agresiones no denuncian por miedo a represalias, desconfianza en los mecanismos internos o sensación de que “no pasará nada”.

3. Factores de género y estructurales

Las normas de género son el terreno donde la violencia prospera. Roles de “servicio” y cuidado asignados a las mujeres aumentan la expectativa de que toleren conductas abusivas de clientes, pacientes o superiores.

La dependencia económica, estructuras muy jerárquicas y la baja presencia de mujeres en decisión facilitan abusos de poder. OIT y ONU Mujeres coinciden en que, si no se cuestionan estereotipos sexistas y cultura patriarcal, las políticas formales tienen un alcance limitado.

Qué funciona: un enfoque preventivo basado en evidencia

La buena noticia: existen estrategias eficaces cuando se aplican de forma consistente y con liderazgo claro.

1. Mirada integral: política, entorno y conducta

Las revisiones internacionales muestran que acciones aisladas (una capacitación, un protocolo guardado en una carpeta) tienen impacto muy limitado. Los programas exitosos combinan:

  • Cambios en el entorno físico (diseño de espacios, controles de acceso, seguridad).
  • Medidas administrativas (políticas, protocolos, evaluación de riesgos).
  • Intervenciones conductuales (formación, habilidades de desescalada, liderazgo inclusivo).
  • Apoyo psicosocial (atención psicológica y estrategias de bienestar emocional).

En un hospital chino, este enfoque integral redujo de forma notable la violencia física y psicológica contra trabajadoras en cuatro años. El mensaje para las empresas es claro: la prevención se construye en capas, es un proceso que lleva tiempo y no se resuelve con soluciones únicas como conferencias aisladas, no personalizadas.

2. Políticas de tolerancia cero alineadas con estándares internacionales

El Convenio 190 y la Recomendación 206 recomiendan políticas explícitas de tolerancia cero frente a violencia y acoso, con definiciones claras, alcance amplio y responsabilidades concretas. Las organizaciones más efectivas:

  • Comunican la política de manera reiterada (inducción, campañas, mensajes de liderazgo).
  • Incluyen a todo el personal, sin importar contrato o modalidad de trabajo.
  • Conectan la política con códigos de conducta, procesos disciplinarios y evaluación de liderazgo.​

Esto no solo reduce riesgo legal, sino que envía una señal inequívoca sobre los límites de lo aceptable.

3. Evaluar el riesgo como un riesgo psicosocial

Incorporar la violencia y el acoso como riesgos psicosociales permite gestionarlos con seriedad, igual que otros riesgos laborales. Una evaluación efectiva incluye:

  • Identificar puestos, turnos y espacios con más incidentes.
  • Analizar qué grupos de mujeres están más expuestos y por qué.
  • Revisar carga de trabajo, liderazgo y clima en áreas críticas.

Herramientas específicas de evaluación de riesgos de violencia y acoso, con enfoque de género, ayudan a priorizar inversiones y acciones de manera objetiva.

4. Canales de denuncia confiables y sistemas de respuesta

Sin canales confiables, la política se queda en el papel. Los sistemas mejor valorados por la evidencia comparten varios elementos:

  • Múltiples vías de denuncia (línea ética, plataformas digitales, personas de referencia).
  • Confidencialidad, protección frente a represalias y plazos de respuesta claros.
  • Procedimientos definidos para investigar, resolver y hacer seguimiento.
  • Apoyo psicológico y, cuando corresponda, asesoría legal y ajustes en el puesto.

Cuando las personas ven que las denuncias se toman en serio y tienen consecuencias, aumenta la confianza y disminuye la impunidad.

5. Formación continua y cambio cultural

La formación aislada tiene poco impacto; la formación continua sí lo tiene. Los programas efectivos:

  • Son periódicos, prácticos y adaptados a diferentes niveles (operativo, mando medio, dirección).
  • Abordan violencia y acoso sexual, sesgos inconscientes y liderazgo inclusivo.
  • Ponen foco en quienes toman decisiones sobre promociones, sanciones y gestión de quejas.

Los programas que combinan capacitación con trabajo sobre normas de género y empoderamiento de las mujeres muestran cambios más duraderos en actitudes y comportamientos.​

6. Integrar la prevención en la estrategia de talento

La violencia contra las mujeres no puede tratarse como un tema aislado de “cumplimiento”, sino como parte de la estrategia de talento y bienestar. Esto implica integrarla en:

  • Políticas de igualdad salarial y promoción.
  • Programas de salud mental y riesgos psicosociales.
  • Estrategias de conciliación y corresponsabilidad de cuidados.

El resultado: más seguridad psicológica, mayor compromiso y una marca empleadora más sólida.

Recomendaciones prácticas para las organizaciones

Para líderes de RRHH y bienestar, un punto de partida realista puede ser:

  1. Realizar un diagnóstico inicial
    • Revisar datos de clima, rotación, ausentismo y cualquier registro de quejas.
    • Escuchar a las personas mediante encuestas confidenciales y grupos focales con enfoque de género.
  2. Actualizar o crear la política de violencia y acoso
    • Alinearla con el Convenio 190 y la legislación local.
    • Definir claramente conductas prohibidas, alcance, roles y consecuencias.
  3. Diseñar canales de denuncia y protocolos claros
    • Ofrecer varias vías de reporte, sencillas y accesibles.
    • Documentar el paso a paso desde la denuncia hasta el cierre del caso.
  4. Formar a mandos medios y líderes
    • Entrenar en detección temprana, gestión de reportes y liderazgo inclusivo.
    • Incluir objetivos de prevención y trato digno en sus metas de gestión.
  5. Implementar medidas específicas en áreas de riesgo
    • Ajustar turnos, reforzar plantillas, mejorar la seguridad física.
    • Revisar prácticas en atención a público y trabajo nocturno.
  6. Monitorear y mejorar de forma continua
    • Definir indicadores (número y tipo de denuncias, tiempos de respuesta, percepción de seguridad).
    • Revisar avances al menos una vez al año y ajustar el plan.

La evidencia es clara: la violencia contra las mujeres en el trabajo no desaparece sola. Requiere intención estratégica, recursos y coherencia. Cuando las organizaciones asumen este compromiso, no solo protegen a sus colaboradoras: construyen entornos más seguros, innovadores y sostenibles para todas las personas. En PSYCA psicología, apoyamos a las organizaciones a crear entornos seguros, libres de violencia, conoce nuestras soluciones, agenda una reunión 55 6965 0544, hola@psyca.net


Referencias

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International Labour Organization & UN Women. (2023). Eliminating violence and harassment in the world of work. Generation Equality Forum.​

Li, X., et al. (2025). Change in workplace violence against female healthcare workers in a central Chinese hospital: A four-wave study (2018–2022). EClinicalMedicine.

Pérez, A., et al. (2024). A gender-based review of workplace violence amongst the global health workforce (2010–2024). PLOS Global Public Health, 2(7), e0003336.

Public Services International. (2025). Violence and harassment workplace risk assessment: A gender-sensitive approach. PSI.​

Rho, H. J., et al. (2024). Prevalence and patterns of gender disparity in workplace violence during the COVID-19 pandemic: A systematic review and meta-analysis. Public Health.​

Smith, J., & Lee, K. (2024). Gender-based violence in the context of the future of work. Trauma, Violence, & Abuse.​

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